EL CUIDADO DEL ALMA
No tengo, la verdad, una idea muy clara de qué sea el alma. Por alguna razón es una palabra que tiene un sonido y quizá un significado más hermoso que mente o que psiquis o que corteza cerebral y me parece más cercana, más propia, más encarnada, que la palabra espíritu. Alma es una voz que yo escuchaba con frecuencia cuando era niño. Por lo menos en mi infancia era una palabra que estaba allí y en contextos menos académicos que este. Mi profesor de tercer grado, por ejemplo, el gordo Cárcamo me advertía a menudo mostrándome el filo de su larga regla: Carvallo, cállese o le voy a sacar el alma. De modo que el alma era algo que si bien uno tenía no era una posesión segura y uno podía perderla en cualquier momento. Y no sólo a punta de reglazos del finado Cárcamo, o de puñetes con los compañeros; también estaba el demonio tratando de negociar algo a cambio de nuestra alma. O esperando simplemente nuestra muerte tras una vida pecadora para llevarse al horno esta materia extraña que llevábamos dentro. La noción de pecado del alma tenía un oscuro sentido sexual. Mi madre, en esos inicios de los años 60 en que las mujeres no usaban pantalones, corregía a mi hermana sobre modo correcto de cruzar las piernas porque cuando lo hacía, como a Sharon Stone, se le veía el alma. Era por supuesto un símbolo que representaba ese algo profundamente íntimo y oculto que nos habitaba.
El alma no era el yo. Era uno posesión del yo. Uno decía mi alma, alma mía, y le pedía al ángel de la guarda que la cuidase porque si bien estaba allí dentro, no era muy claro en qué lugar se hallaba.
Es curioso que esta misma distancia entre el yo y el alma se mantenga en ciertos modos de referirse a ella en segunda persona. Por ejemplo en Las Confesiones de San Agustín el alma es algo distinto al yo del que escribe. De hecho parece ser otra persona, un interlocutor. Así, por ejemplo escribe: “prosigue, alma mía, y presta mucha atención”. Y también: “¡En ti, alma mía, mido yo el tiempo!”. Y pregunta con perplejidad: “¿Pero cuál es la parte de sí que no contiene a sí misma?” Lo mismo ocurre en San Juan de la Cruz o en Edith Stein. Y también en ese Bolero que por aquellos años escuchaba por la radio cantar a Libertad Lamarque y que se titulaba precisamente Alma Mía y que decía así:
Alma mía
Sola, siempre sola,
Sin que nadie comprenda
Tu sufrimiento.
Tu horrible padecer.
En la hermosa novela de Paul Auster La invención de la Soledad el personaje, que es él mismo, no logra entrar en una sincera investigación de sí mismo y de las relaciones con su padre. Y el propio escritor cuenta que sólo pudo escribirla cuando encontró la expresión de Rimbaud: Yo es otro. Está en una carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard, fechada el 13 mayo 1871 y dice textualmente: “Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro”.Esta misma expresión la ha tomado hace poco Bob Dylan en su libro titulado Crónicas, allí dice: “Por si esto no bastara Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Yo es otro. Al leerla sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojala alguien me lo hubiera mencionado antes”.
Ese otro que está en mí, que soy y no soy yo, que lo vivo y que me vive, es lo que quiero llamar ahora el alma.
En cierta manera, al ser un otro, mi alma puede serme algo lejano, desconocido, desconcertante. En el mandato socrático “conócete a ti mismo” se encuentra ya esta distinción extraña entre lo que uno es y lo que desconoce que en verdad es. Como si una duplicidad algo esquizofrénica fuera la característica de la naturaleza humana. ¿Cómo puedo desconocer lo que soy? ¿Cómo es posible que ignore mi propio ser con el que convivo sin tregua día a día? Y, extrañamente, mi alma, lo que no conozco tiene mayor autenticidad, es más real y se aproxima mejor a lo que soy que todo aquello que yo pienso de mi mismo.
Incluso puede decirse que, como en el caso de san Agustín, la confusión respecto a quien soy y a cuáles son mis motivos para actuar, puede dominarme de tal modo que yo sea, lejos de mi alma, un extraño para mí propio ser. Enajenado es el término apropiado. ¿Es posible que, sin saberlo sea ajeno de mí mismo? Que mientras hablo, río y me afano no sea yo mismo y que una parte de mí permanezca oculta tras la máscara de mi persona, y que esto que no logro encarnar sea la parte más esencial, más autentica, mi alma. Eso dicen los versos de Thomas Browne: “Vive un hombre en mi interior que es contrario a mi vivir”. Y también esos versos de Octavio Paz:
“De una máscara a otra
Hay siempre un Yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco”.
El mismo Auster sostiene que: "La cuestión es quién es quién y si somos o no quienes creemos ser. La experiencia de mis personajes es un proceso de despojamiento, hasta llegar a una desnudez en donde tenemos que enfrentarnos con lo que somos. O con lo que no somos, que en definitiva viene a ser la misma cosa."
La pregunta es cómo se forma eso que yo soy auténticamente, si acaso eso existe. Es decir, mi alma, si esto denomina mi ser más íntimo, ¿nació conmigo o es el resultado de las interacciones y los vínculos con el mundo?
Hoy la psicología retoma el concepto abandonado de carácter o temperamento. Es evidente que nacemos con disposiciones, con modos característicos de reaccionar ante los estímulos exteriores. El miedo, por ejemplo, o la disposición a temer no es igual en todos los niños. Ni la tendencia a irritarse o a desconfiar o a deprimirse o a estar alegre sin razón. Ni la energía para atender o para distraerse es la misma en cada niño. Y así, muchas otras disposiciones que en cierta medida explican la conducta sin que el propio sujeto lo sepa. Quizá, como sostienen algunos psicólogos contemporáneos exista un “índice fisiológico de activación”, es decir un modo genético de ser, de padecer, de entusiasmarse que entra en relación con los vínculos sociales para constituir muy tempranamente el alma. Algunos sostienen que el temperamento está ya constituido en el momento en el que se adquiere la locomoción bípeda. Pero ya el educador romano Marco Flavio Quntiliano , en el primer siglo de la era cristiana, escribía así: “Tras estas consideraciones, el maestro descubrirá de qué modo debe ser tratado el alma del alumno. Existen algunos niños que se descuidan si no se insiste en su educación de manera incesante. Otros se indignan con las órdenes; el miedo detiene a algunos y enerva a otros; algunos sólo alcanzan el éxito gracias a un trabajo continuo; y en otros la violencia provoca resultados...” Es decir, hay en los niños un alma diferente, una sensibilidad distinta que hay que atender.
De algún modo este es un tema fundamental de la educación: cómo influenciamos, cuánto ayudamos a que cada quien se encuentre con lo que en verdad es o por lo menos inicie la ruta de alcanzarse a sí mismo y no entre en desvíos y oscuridades que pueden mantenerlo mucho tiempo alejado de sí mismo. Parece un poco extraño, es una perplejidad, pero cualquier maestro enfrenta alumnos que creen ser lo que no son, para bien y para mal. Y niños que han sido separados de sí mismos por malos vínculos, por mensajes distorsionados de lo que deberían de ser. Niños maltratados por ejemplo que aceptan una culpa ajena, que piensan mal de sí mismos, que desconfían de su propio ser. O niños presumidos, seguros de ser dueños de lo que no les pertenece o convencidos de tener un atractivo que sólo ellos pueden ver. O esforzados en parecerse a los demás, buscando la normalidad, la obediencia que la autoridad impone como si la felicidad fuera poseer el alma en serie. Ayer nada más, he estado una hora intentando mostrar a un muchacho de 17 años la ira que domina su conducta. Y no la ve. La observan todos y conflicto tras conflicto él parece siempre estar seguro de ser la víctima y justificar así su reacción violenta. Mientras hablo con él, mientras me estrello con la coraza que lo protege de sí mismo me pregunto por el cuidado del alma y por lo que tendría que decir hoy día aquí. ¿Cómo llego a iluminar para él esa zona de sí mismo que pese a que es negada controla y domina sus actos? Y pienso también en una niña ciega que tengo en primero de secundaria. Una niña linda que perdió la vista a los 8 años y las monjas con una extraña piedad le pidieron a sus padres que se la retiraran de su colegio con nombre de santa, de modo que perdió no sólo la vista sino el medio en el que había crecido, las voces conocidas, las amigas. Y ahora no acepta la ceguera y su alma ha retrocedido hasta una región inalcanzable para mis palabras y para mi afecto. Y como no acepta la ceguera tampoco aprende a moverse como tal y se ha vuelto torpe y ya no escucha y habla mal porque ha amurallado su alma contra un dolor que no puede soltar. Y ahora convulsiona dos veces por semana y me pregunto cómo puede uno negarse ante la evidencia de lo que somos y cómo puede otro, que está fuera, saber de nuestra alma mejor que nosotros mismos. Porque si bien el ser humano sabe bien mentir la persona más fácil de ser engañada reside en nosotros mismos. Cuidar el alma significaría facilitar el encuentro de todas esas vidas múltiples que somos y darle así una unidad y un sentido a la propia existencia. Este sentido es la fuerza que nos impulsa a coger la vida y atrevernos a conquistar nuestras esperanzas.
Pero el problema que impide a la escuela cuidar el alma no está en sus intenciones sino en su naturaleza. Porque desde su nacimiento en la edad moderna su finalidad es negar la radical desigualdad de los seres humanos. La igualdad como aspiración de la ilustración se consolida en una institución que supone que el método único puede aplicarse a todos porque todos somos idénticos. Jan Comenius, el padre de las instituciones escolares modernas, escribió en el siglo XVI su libro Didáctica magna al que subtituló Cómo enseñar todos a todos. Comenius titula uno de sus apartados: “No instruir a nadie separadamente, sino a todos en conjunto”. Y agrega: “Nunca se instruye a uno solo, ni privadamente fuera de la escuela, ni públicamente en ella, sino a todos al mismo tiempo y de una sola vez.” Esta educación que agrupa a todos por edades y los mete en aulas para desarrollar programas idénticos parte del supuesto de la igualdad. El año pasado uno de los libros más leídos en Francia fue de un escritor muy premiado Daniel Pennac, el libro se titula Tristeza de la Escuela y allí relata el modo como la escuela lo hizo sentir incluso muchos años después de haberla abandonado que era bruto y que no tenía talento para nada. Porque esta falta de vínculo personal, esta imposición de unas exigencias ciegas y esta, incluso, falta de sentimientos y de vínculos reales puede destruir el alma de muchos niños y niñas. Por eso Sartre en el que me parece su mejor libro, Las Palabras, se complace de su educación sin padres, sin autoridades que lo empequeñecieran y restringieran su libertad. Está también el verso de Octavio Paz:
Mi infancia…
Agua clara, espejo para el árbol y la nube
Que tantas virtuosas almas enturbiaron.
Por lo menos no habría que enturbiar el alma del alumno de modo que no retardemos el encuentro consigo mismo y ese autoconocerse que lo acerca a su alma. Cuando empecé a enseñar lo hice en esta universidad, en EEGG Ciencias y allí era jefe de práctica de un profesor que tenía gran prestigio por una curiosa razón: jalaba a todo el mundo. Los ingenieros, que habían despreciado a los profesores de filosofía y al propio curso, estaban encantados y lo admiraban mucho porque mostraba exigencia y su tema, como el análisis matemático, se había convertido en algo muy difícil, sólo para pocos. Tengo un amigo que se acerca a los 60 años y que sufrió profundamente un 01 que le puso en un examen. Pero lo que le dolió y perturbó no fue tanto la nota sino unas palabras que este profesor puso junto al cero uno, las recuerdo con precisión, decía. “Su respuesta no responde, su comentario no comenta, su explicación no explica. Ha sido difícil encontrar una excusa para ponerle un punto”. Cuanto daño puede hacer un mal maestro, cuanto puede alejar al alumno de sí mismo, de su confianza, incluso, de sus ganas de vivir. Que se aprecie nuestra alma, que se reconozca nuestro valor resulta fundamental, Pascal escribe que
“Tan alta idea tenemos del alma del hombre que no podemos sufrir un menosprecio de ella, ni el que nos falte la estima de otra alma. Toda la felicidad de los hombres consiste en esta estima”.
El problema actual de la educación, de la escuela, es reconocer y atender a la diversidad. Vincularse con esta alma que no es plural y que demanda un vínculo que pueda entregarle la motivación que le hace falta. Porque se trata de facilitar ese conócete a ti mismo o este acércate a tu alma, dialoga con ella, conócela, que puede hacer que el alumno no sólo adquiera destrezas o competencias sino que verdaderamente quiera saber, que sea tocado en su libertad, en su deseo, en su autonomía. Porque, como reza el dicho, “se puede llevar al caballo al pozo pero no se le puede hacerlo beber”. Hace falta la sed que debe tener el alumno y que el maestro puede quizá despertar. Si lo hace no hará falta nada más porque como titulaba Gadamer su última conferencia, Educar es Educarse y sentida la ambición intelectual, motivado el interés, la acción le corresponde ya a la actividad viva del alumno. La educación tendría que alcanzar ese núcleo del otro en el que habita su verdadero ser. John Stuart Mill, en una carta al reverendo Stephen Hawtry escribió que “La educación verdadera depende del contacto del alma humana viviente con el alma humana viviente”. Y Bertrand Russell, criticando la educación masiva escribe que “en las relaciones humanas se debe penetrar hasta el meollo de la soledad en cada persona, y hablarle a eso”.
¿Es posible llegar al alma de otro, a lo que Russell llama meollo, cuando el maestro, el educador, no conoce siquiera el alma propia? ¿Es que hay una diferencia fundamental entre maestro y alumno por la cual uno tiene ya el conocimiento y el otro lo recibe? Esto parece creer Platón porque el que regresa a la caverna es el educador comprometido con iluminar a estos prisioneros de su propia penumbra. Joseph Moreau, en su libro Platón y la Educación escribe : “Esta educación, que supone en el maestro el conocimiento del Bien, al cual no ha llegado aún el discípulo, deja indudablemente a éste en una condición subordinada, de heteronimia. Este conocimiento, aunque sea perfectamente objetivo sólo se obtiene, como sabemos, en la interioridad del individuo, conocer el Bien es, para el ser pensante, tener conciencia de su querer esencial.”
¿Es así? No lo creo y es posible que el maestro parta de su propia ignorancia. Lo que la persona que educa tiene, o debiera tener, es eso que adecuadamente llamaba Platón, el eros. Es decir una actitud amorosa hacia el alma del otro. Lacan, al que seguramente malinterpreto pero su expresión me es útil, decía que el amor es "dar lo que no se tiene a alguien que no es". Un ejemplo es el cura de la novela de Bernanos llevada magníficamente al cine por Bresson. El ayuda a la condesa y no sabe cómo puede iluminar para otro el sentido de una existencia cuando no es capaz casi de mantener la fe y la confianza en si mismo. Como muchos psicoanalistas que conocen mejor el alma ajena que la suya propia.
El maestro no posee, respecto a lo fundamental, un mayor conocimiento que el alumno. Lo que el maestro tiene es respeto ante la realidad única e irrepetible del otro. Escucha su clamor e intenta alcanzar la autenticidad del otro. Una autenticidad que el otro puede desconocer porque a menudo es quien nos mira con este eros pedagógico quien puede ver en nuestro interior aquello que reconocemos. Es esa mirada de otro la que nos impulsa a conocernos. Como en ese poema de Pedro Salinas:
Perdóname por ir así buscándote
Tan torpemente, dentro
De ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
De ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
Nadador por tu fondo, preciosísimo.
Esta disposición de atención y escucha al otro es el cuidado. Y es un trabajo exigente porque supone estar permanentemente abierto a las demandas del otro. Más sencillo es caer en la mirada que iguala, que no distingue y ver a los niños y a los jóvenes como elementos indiferenciados del conjunto alumnos. Y evitar ese vínculo humano en el que el otro va a hablar por cuenta propia. Cuidar el alma es atender al otro en su distinción y Bernard Curtis sostiene que “si utilizamos la palabra alma para evocar esta idea de la persona como un centro de cuidado, aquí se aceptará que la buena enseñanza de un niño depende de hacer contacto con su alma y, más aún, hacer contacto con amor”. Eso escribe Auster: "A veces conseguimos asomarnos al misterio del otro, penetrar en él, pero es muy poco frecuente. Es el amor, principalmente, el que permite esos encuentros"
Resulta complicado en un mundo como el nuestro que sea posible un contacto entre almas cuando la diferencia de edades sitúa al maestro casi en un mundo y un lenguaje diferentes. ¿Cómo puede un maestro de 55 años cuidar y comprender a un muchacho de 14? ¿Y de qué modo puede éste atender y confiar en las palabras de lo llama un viejo? Ocurre sin embargo que el tiempo lineal del cuerpo no es el tiempo acumulado del alma. Y es posible que en ese viejo exista todavía el niño y el adolescente que ha sido y que la memoria continúa haciendo vigente. Hay un tiempo diferente de la carne y el espíritu y se puede ser niño con alma vieja y mantener un alma joven pese a la catástrofe del cuerpo. Esta diferencia en el modo de vivir el tiempo permite que el maestro consiga sentir lo que siente el niño o el joven mediante ese intercambio de vidas que constituye la empatía. Este es quizá es el saber que el maestro tiene: su propia vida, su experiencia y una actitud esforzada de no permitir el olvido. Porque cuando se olvida lo que es ser niño o joven la educación se hace anquilosada, uniforme, tediosa. Y se cae en un mundo de incomprensión o de angustia ante la vida inmadura. El maestro tiene la difícil misión de atender el alma infantil sin pueril izarse, de dialogar con los jóvenes sin creerse uno de ellos. Y el instrumento es la memoria, esta facultad que alguien ha definido como “el espacio donde una cosa ocurre por segunda vez”.
Quiero terminar con otra idea del alma, vinculada a lo que he venido diciendo de manera confusa. Es el uso de la palabra alma para significar su propia raíz: ánimo, es decir, entusiasmo, brío, incluso, alegría. La depresión es un desánimo y decimos de quien no muestra coraje, vigor interior, que le falta alma. Como la selección peruana de fútbol, un equipo sin alma. Esta idea del alma como la fuerza que desde dentro inflama al cuerpo y lo impulsa a vivir interesado, apasionado es también una tarea fundamental de la educación. Lo señala el propio Papa en su carta a monseñor Jean-Pierre Ricard, Arzobispo de Burdeos, con ocasión de cumplirse los 100 años de la separación entre Estado e Iglesia en Francia: "Podemos pensar, con razón, dice, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar". No tengo dudas sobre la labor fundamental de transmisión de la cultura que está en manos de los maestros. De modo que hay cursos y temas y competencias que los alumnos deben aprender. Sin duda. Pero también es tarea del maestro alentar estas razones para vivir y para esperar, para creer en el futuro y para ser siempre jóvenes. Esto obliga al maestro a un trabajo esforzado que es el cuidado del alma de sus alumnos y ello necesita tiempo y serenidad. Un tiempo y una serenidad que no puede tener el maestro mal pagado que debe correr de un lado a otro para cumplir primero con su hogar. Y tampoco puede haber ese tiempo donde se concibe a la institución como una fábrica masiva de certificaciones y la despersonalización y la burocratización han terminado por aplastar la vida auténtica de una comunidad de aprendizaje. O allí donde el culto a la tecnología hace creer a los políticos que basta una computadora por niño o un televisor por aula o un nuevo currículum para sustituir el vínculo con el profesor. Cuando yo estudié educación en unas casetas aquí cerca estaba de moda un horrendo concepto que se llamaba Tecnología Educativa. Esta idea es el fin de la educación porque retoma ese espíritu de la modernidad que cree que el método, algo exterior al alma del alumno, producirá, por mero procedimiento, la formación buscada. No es verdad.
De lo que no se habla en las facultades de educación es de ese eros pedagógico que es fuente de la vocación. Sin ese eros todo es medianía, aburrimiento, aprendizajes sin significado, incluso frustración y hasta odio mutuo entre maestros y alumnos. Hay que aclarar por cierto, y mucho más en nuestro país, que ese eros no es el apetito sexual sino su transformación, su sublimación, su transubstación, en alma. Porque el maestro lucha por estar más allá de esa corporalidad que puede pervertir su profesión. Steiner dice que el maestro mira atrás y ve la sombra de un eunuco. Y a propósito de esto, voy a terminar con una cita de un gran maestro contemporáneo, Frank McCourt. En su libro El Profesor cuenta que cuando era maestro en una escuela pública en nueva York el director lo llamó a la oficina y le preguntó:
-¿Y, señor Mac Court, ya fue padre?
- No todavía no, respondió.
_ ¿Y que quiere, un varón o una niña? Le preguntó el director.
-Ay, me da lo mismo- le respondió.
-Bueno, dijo el director, mientras no sea asexuado…
Bueno, dijo Mc Court, si lo es, lo criaré para director de colegio.
EL CUIDADO DEL ALMA
No tengo, la verdad, una idea muy clara de qué sea el alma. Por alguna razón es una palabra que tiene un sonido y quizá un significado más hermoso que mente o que psiquis o que corteza cerebral y me parece más cercana, más propia, más encarnada, que la palabra espíritu. Alma es una voz que yo escuchaba con frecuencia cuando era niño. Por lo menos en mi infancia era una palabra que estaba allí y en contextos menos académicos que este. Mi profesor de tercer grado, por ejemplo, el gordo Cárcamo me advertía a menudo mostrándome el filo de su larga regla: Carvallo, cállese o le voy a sacar el alma. De modo que el alma era algo que si bien uno tenía no era una posesión segura y uno podía perderla en cualquier momento. Y no sólo a punta de reglazos del finado Cárcamo, o de puñetes con los compañeros; también estaba el demonio tratando de negociar algo a cambio de nuestra alma. O esperando simplemente nuestra muerte tras una vida pecadora para llevarse al horno esta materia extraña que llevábamos dentro. La noción de pecado del alma tenía un oscuro sentido sexual. Mi madre, en esos inicios de los años 60 en que las mujeres no usaban pantalones, corregía a mi hermana sobre modo correcto de cruzar las piernas porque cuando lo hacía, como a Sharon Stone, se le veía el alma. Era por supuesto un símbolo que representaba ese algo profundamente íntimo y oculto que nos habitaba.
El alma no era el yo. Era uno posesión del yo. Uno decía mi alma, alma mía, y le pedía al ángel de la guarda que la cuidase porque si bien estaba allí dentro, no era muy claro en qué lugar se hallaba.
Es curioso que esta misma distancia entre el yo y el alma se mantenga en ciertos modos de referirse a ella en segunda persona. Por ejemplo en Las Confesiones de San Agustín el alma es algo distinto al yo del que escribe. De hecho parece ser otra persona, un interlocutor. Así, por ejemplo escribe: “prosigue, alma mía, y presta mucha atención”. Y también: “¡En ti, alma mía, mido yo el tiempo!”. Y pregunta con perplejidad: “¿Pero cuál es la parte de sí que no contiene a sí misma?” Lo mismo ocurre en San Juan de la Cruz o en Edith Stein. Y también en ese Bolero que por aquellos años escuchaba por la radio cantar a Libertad Lamarque y que se titulaba precisamente Alma Mía y que decía así:
Alma mía
Sola, siempre sola,
Sin que nadie comprenda
Tu sufrimiento.
Tu horrible padecer.
En la hermosa novela de Paul Auster La invención de la Soledad el personaje, que es él mismo, no logra entrar en una sincera investigación de sí mismo y de las relaciones con su padre. Y el propio escritor cuenta que sólo pudo escribirla cuando encontró la expresión de Rimbaud: Yo es otro. Está en una carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard, fechada el 13 mayo 1871 y dice textualmente: “Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro”.Esta misma expresión la ha tomado hace poco Bob Dylan en su libro titulado Crónicas, allí dice: “Por si esto no bastara Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Yo es otro. Al leerla sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojala alguien me lo hubiera mencionado antes”.
Ese otro que está en mí, que soy y no soy yo, que lo vivo y que me vive, es lo que quiero llamar ahora el alma.
En cierta manera, al ser un otro, mi alma puede serme algo lejano, desconocido, desconcertante. En el mandato socrático “conócete a ti mismo” se encuentra ya esta distinción extraña entre lo que uno es y lo que desconoce que en verdad es. Como si una duplicidad algo esquizofrénica fuera la característica de la naturaleza humana. ¿Cómo puedo desconocer lo que soy? ¿Cómo es posible que ignore mi propio ser con el que convivo sin tregua día a día? Y, extrañamente, mi alma, lo que no conozco tiene mayor autenticidad, es más real y se aproxima mejor a lo que soy que todo aquello que yo pienso de mi mismo.
Incluso puede decirse que, como en el caso de san Agustín, la confusión respecto a quien soy y a cuáles son mis motivos para actuar, puede dominarme de tal modo que yo sea, lejos de mi alma, un extraño para mí propio ser. Enajenado es el término apropiado. ¿Es posible que, sin saberlo sea ajeno de mí mismo? Que mientras hablo, río y me afano no sea yo mismo y que una parte de mí permanezca oculta tras la máscara de mi persona, y que esto que no logro encarnar sea la parte más esencial, más autentica, mi alma. Eso dicen los versos de Thomas Browne: “Vive un hombre en mi interior que es contrario a mi vivir”. Y también esos versos de Octavio Paz:
“De una máscara a otra
Hay siempre un Yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco”.
El mismo Auster sostiene que: "La cuestión es quién es quién y si somos o no quienes creemos ser. La experiencia de mis personajes es un proceso de despojamiento, hasta llegar a una desnudez en donde tenemos que enfrentarnos con lo que somos. O con lo que no somos, que en definitiva viene a ser la misma cosa."
La pregunta es cómo se forma eso que yo soy auténticamente, si acaso eso existe. Es decir, mi alma, si esto denomina mi ser más íntimo, ¿nació conmigo o es el resultado de las interacciones y los vínculos con el mundo?
Hoy la psicología retoma el concepto abandonado de carácter o temperamento. Es evidente que nacemos con disposiciones, con modos característicos de reaccionar ante los estímulos exteriores. El miedo, por ejemplo, o la disposición a temer no es igual en todos los niños. Ni la tendencia a irritarse o a desconfiar o a deprimirse o a estar alegre sin razón. Ni la energía para atender o para distraerse es la misma en cada niño. Y así, muchas otras disposiciones que en cierta medida explican la conducta sin que el propio sujeto lo sepa. Quizá, como sostienen algunos psicólogos contemporáneos exista un “índice fisiológico de activación”, es decir un modo genético de ser, de padecer, de entusiasmarse que entra en relación con los vínculos sociales para constituir muy tempranamente el alma. Algunos sostienen que el temperamento está ya constituido en el momento en el que se adquiere la locomoción bípeda. Pero ya el educador romano Marco Flavio Quntiliano , en el primer siglo de la era cristiana, escribía así: “Tras estas consideraciones, el maestro descubrirá de qué modo debe ser tratado el alma del alumno. Existen algunos niños que se descuidan si no se insiste en su educación de manera incesante. Otros se indignan con las órdenes; el miedo detiene a algunos y enerva a otros; algunos sólo alcanzan el éxito gracias a un trabajo continuo; y en otros la violencia provoca resultados...” Es decir, hay en los niños un alma diferente, una sensibilidad distinta que hay que atender.
De algún modo este es un tema fundamental de la educación: cómo influenciamos, cuánto ayudamos a que cada quien se encuentre con lo que en verdad es o por lo menos inicie la ruta de alcanzarse a sí mismo y no entre en desvíos y oscuridades que pueden mantenerlo mucho tiempo alejado de sí mismo. Parece un poco extraño, es una perplejidad, pero cualquier maestro enfrenta alumnos que creen ser lo que no son, para bien y para mal. Y niños que han sido separados de sí mismos por malos vínculos, por mensajes distorsionados de lo que deberían de ser. Niños maltratados por ejemplo que aceptan una culpa ajena, que piensan mal de sí mismos, que desconfían de su propio ser. O niños presumidos, seguros de ser dueños de lo que no les pertenece o convencidos de tener un atractivo que sólo ellos pueden ver. O esforzados en parecerse a los demás, buscando la normalidad, la obediencia que la autoridad impone como si la felicidad fuera poseer el alma en serie. Ayer nada más, he estado una hora intentando mostrar a un muchacho de 17 años la ira que domina su conducta. Y no la ve. La observan todos y conflicto tras conflicto él parece siempre estar seguro de ser la víctima y justificar así su reacción violenta. Mientras hablo con él, mientras me estrello con la coraza que lo protege de sí mismo me pregunto por el cuidado del alma y por lo que tendría que decir hoy día aquí. ¿Cómo llego a iluminar para él esa zona de sí mismo que pese a que es negada controla y domina sus actos? Y pienso también en una niña ciega que tengo en primero de secundaria. Una niña linda que perdió la vista a los 8 años y las monjas con una extraña piedad le pidieron a sus padres que se la retiraran de su colegio con nombre de santa, de modo que perdió no sólo la vista sino el medio en el que había crecido, las voces conocidas, las amigas. Y ahora no acepta la ceguera y su alma ha retrocedido hasta una región inalcanzable para mis palabras y para mi afecto. Y como no acepta la ceguera tampoco aprende a moverse como tal y se ha vuelto torpe y ya no escucha y habla mal porque ha amurallado su alma contra un dolor que no puede soltar. Y ahora convulsiona dos veces por semana y me pregunto cómo puede uno negarse ante la evidencia de lo que somos y cómo puede otro, que está fuera, saber de nuestra alma mejor que nosotros mismos. Porque si bien el ser humano sabe bien mentir la persona más fácil de ser engañada reside en nosotros mismos. Cuidar el alma significaría facilitar el encuentro de todas esas vidas múltiples que somos y darle así una unidad y un sentido a la propia existencia. Este sentido es la fuerza que nos impulsa a coger la vida y atrevernos a conquistar nuestras esperanzas.
Pero el problema que impide a la escuela cuidar el alma no está en sus intenciones sino en su naturaleza. Porque desde su nacimiento en la edad moderna su finalidad es negar la radical desigualdad de los seres humanos. La igualdad como aspiración de la ilustración se consolida en una institución que supone que el método único puede aplicarse a todos porque todos somos idénticos. Jan Comenius, el padre de las instituciones escolares modernas, escribió en el siglo XVI su libro Didáctica magna al que subtituló Cómo enseñar todos a todos. Comenius titula uno de sus apartados: “No instruir a nadie separadamente, sino a todos en conjunto”. Y agrega: “Nunca se instruye a uno solo, ni privadamente fuera de la escuela, ni públicamente en ella, sino a todos al mismo tiempo y de una sola vez.” Esta educación que agrupa a todos por edades y los mete en aulas para desarrollar programas idénticos parte del supuesto de la igualdad. El año pasado uno de los libros más leídos en Francia fue de un escritor muy premiado Daniel Pennac, el libro se titula Tristeza de la Escuela y allí relata el modo como la escuela lo hizo sentir incluso muchos años después de haberla abandonado que era bruto y que no tenía talento para nada. Porque esta falta de vínculo personal, esta imposición de unas exigencias ciegas y esta, incluso, falta de sentimientos y de vínculos reales puede destruir el alma de muchos niños y niñas. Por eso Sartre en el que me parece su mejor libro, Las Palabras, se complace de su educación sin padres, sin autoridades que lo empequeñecieran y restringieran su libertad. Está también el verso de Octavio Paz:
Mi infancia…
Agua clara, espejo para el árbol y la nube
Que tantas virtuosas almas enturbiaron.
Por lo menos no habría que enturbiar el alma del alumno de modo que no retardemos el encuentro consigo mismo y ese autoconocerse que lo acerca a su alma. Cuando empecé a enseñar lo hice en esta universidad, en EEGG Ciencias y allí era jefe de práctica de un profesor que tenía gran prestigio por una curiosa razón: jalaba a todo el mundo. Los ingenieros, que habían despreciado a los profesores de filosofía y al propio curso, estaban encantados y lo admiraban mucho porque mostraba exigencia y su tema, como el análisis matemático, se había convertido en algo muy difícil, sólo para pocos. Tengo un amigo que se acerca a los 60 años y que sufrió profundamente un 01 que le puso en un examen. Pero lo que le dolió y perturbó no fue tanto la nota sino unas palabras que este profesor puso junto al cero uno, las recuerdo con precisión, decía. “Su respuesta no responde, su comentario no comenta, su explicación no explica. Ha sido difícil encontrar una excusa para ponerle un punto”. Cuanto daño puede hacer un mal maestro, cuanto puede alejar al alumno de sí mismo, de su confianza, incluso, de sus ganas de vivir. Que se aprecie nuestra alma, que se reconozca nuestro valor resulta fundamental, Pascal escribe que
“Tan alta idea tenemos del alma del hombre que no podemos sufrir un menosprecio de ella, ni el que nos falte la estima de otra alma. Toda la felicidad de los hombres consiste en esta estima”.
El problema actual de la educación, de la escuela, es reconocer y atender a la diversidad. Vincularse con esta alma que no es plural y que demanda un vínculo que pueda entregarle la motivación que le hace falta. Porque se trata de facilitar ese conócete a ti mismo o este acércate a tu alma, dialoga con ella, conócela, que puede hacer que el alumno no sólo adquiera destrezas o competencias sino que verdaderamente quiera saber, que sea tocado en su libertad, en su deseo, en su autonomía. Porque, como reza el dicho, “se puede llevar al caballo al pozo pero no se le puede hacerlo beber”. Hace falta la sed que debe tener el alumno y que el maestro puede quizá despertar. Si lo hace no hará falta nada más porque como titulaba Gadamer su última conferencia, Educar es Educarse y sentida la ambición intelectual, motivado el interés, la acción le corresponde ya a la actividad viva del alumno. La educación tendría que alcanzar ese núcleo del otro en el que habita su verdadero ser. John Stuart Mill, en una carta al reverendo Stephen Hawtry escribió que “La educación verdadera depende del contacto del alma humana viviente con el alma humana viviente”. Y Bertrand Russell, criticando la educación masiva escribe que “en las relaciones humanas se debe penetrar hasta el meollo de la soledad en cada persona, y hablarle a eso”.
¿Es posible llegar al alma de otro, a lo que Russell llama meollo, cuando el maestro, el educador, no conoce siquiera el alma propia? ¿Es que hay una diferencia fundamental entre maestro y alumno por la cual uno tiene ya el conocimiento y el otro lo recibe? Esto parece creer Platón porque el que regresa a la caverna es el educador comprometido con iluminar a estos prisioneros de su propia penumbra. Joseph Moreau, en su libro Platón y la Educación escribe : “Esta educación, que supone en el maestro el conocimiento del Bien, al cual no ha llegado aún el discípulo, deja indudablemente a éste en una condición subordinada, de heteronimia. Este conocimiento, aunque sea perfectamente objetivo sólo se obtiene, como sabemos, en la interioridad del individuo, conocer el Bien es, para el ser pensante, tener conciencia de su querer esencial.”
¿Es así? No lo creo y es posible que el maestro parta de su propia ignorancia. Lo que la persona que educa tiene, o debiera tener, es eso que adecuadamente llamaba Platón, el eros. Es decir una actitud amorosa hacia el alma del otro. Lacan, al que seguramente malinterpreto pero su expresión me es útil, decía que el amor es "dar lo que no se tiene a alguien que no es". Un ejemplo es el cura de la novela de Bernanos llevada magníficamente al cine por Bresson. El ayuda a la condesa y no sabe cómo puede iluminar para otro el sentido de una existencia cuando no es capaz casi de mantener la fe y la confianza en si mismo. Como muchos psicoanalistas que conocen mejor el alma ajena que la suya propia.
El maestro no posee, respecto a lo fundamental, un mayor conocimiento que el alumno. Lo que el maestro tiene es respeto ante la realidad única e irrepetible del otro. Escucha su clamor e intenta alcanzar la autenticidad del otro. Una autenticidad que el otro puede desconocer porque a menudo es quien nos mira con este eros pedagógico quien puede ver en nuestro interior aquello que reconocemos. Es esa mirada de otro la que nos impulsa a conocernos. Como en ese poema de Pedro Salinas:
Perdóname por ir así buscándote
Tan torpemente, dentro
De ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
De ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
Nadador por tu fondo, preciosísimo.
Esta disposición de atención y escucha al otro es el cuidado. Y es un trabajo exigente porque supone estar permanentemente abierto a las demandas del otro. Más sencillo es caer en la mirada que iguala, que no distingue y ver a los niños y a los jóvenes como elementos indiferenciados del conjunto alumnos. Y evitar ese vínculo humano en el que el otro va a hablar por cuenta propia. Cuidar el alma es atender al otro en su distinción y Bernard Curtis sostiene que “si utilizamos la palabra alma para evocar esta idea de la persona como un centro de cuidado, aquí se aceptará que la buena enseñanza de un niño depende de hacer contacto con su alma y, más aún, hacer contacto con amor”. Eso escribe Auster: "A veces conseguimos asomarnos al misterio del otro, penetrar en él, pero es muy poco frecuente. Es el amor, principalmente, el que permite esos encuentros"
Resulta complicado en un mundo como el nuestro que sea posible un contacto entre almas cuando la diferencia de edades sitúa al maestro casi en un mundo y un lenguaje diferentes. ¿Cómo puede un maestro de 55 años cuidar y comprender a un muchacho de 14? ¿Y de qué modo puede éste atender y confiar en las palabras de lo llama un viejo? Ocurre sin embargo que el tiempo lineal del cuerpo no es el tiempo acumulado del alma. Y es posible que en ese viejo exista todavía el niño y el adolescente que ha sido y que la memoria continúa haciendo vigente. Hay un tiempo diferente de la carne y el espíritu y se puede ser niño con alma vieja y mantener un alma joven pese a la catástrofe del cuerpo. Esta diferencia en el modo de vivir el tiempo permite que el maestro consiga sentir lo que siente el niño o el joven mediante ese intercambio de vidas que constituye la empatía. Este es quizá es el saber que el maestro tiene: su propia vida, su experiencia y una actitud esforzada de no permitir el olvido. Porque cuando se olvida lo que es ser niño o joven la educación se hace anquilosada, uniforme, tediosa. Y se cae en un mundo de incomprensión o de angustia ante la vida inmadura. El maestro tiene la difícil misión de atender el alma infantil sin pueril izarse, de dialogar con los jóvenes sin creerse uno de ellos. Y el instrumento es la memoria, esta facultad que alguien ha definido como “el espacio donde una cosa ocurre por segunda vez”.
Quiero terminar con otra idea del alma, vinculada a lo que he venido diciendo de manera confusa. Es el uso de la palabra alma para significar su propia raíz: ánimo, es decir, entusiasmo, brío, incluso, alegría. La depresión es un desánimo y decimos de quien no muestra coraje, vigor interior, que le falta alma. Como la selección peruana de fútbol, un equipo sin alma. Esta idea del alma como la fuerza que desde dentro inflama al cuerpo y lo impulsa a vivir interesado, apasionado es también una tarea fundamental de la educación. Lo señala el propio Papa en su carta a monseñor Jean-Pierre Ricard, Arzobispo de Burdeos, con ocasión de cumplirse los 100 años de la separación entre Estado e Iglesia en Francia: "Podemos pensar, con razón, dice, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar". No tengo dudas sobre la labor fundamental de transmisión de la cultura que está en manos de los maestros. De modo que hay cursos y temas y competencias que los alumnos deben aprender. Sin duda. Pero también es tarea del maestro alentar estas razones para vivir y para esperar, para creer en el futuro y para ser siempre jóvenes. Esto obliga al maestro a un trabajo esforzado que es el cuidado del alma de sus alumnos y ello necesita tiempo y serenidad. Un tiempo y una serenidad que no puede tener el maestro mal pagado que debe correr de un lado a otro para cumplir primero con su hogar. Y tampoco puede haber ese tiempo donde se concibe a la institución como una fábrica masiva de certificaciones y la despersonalización y la burocratización han terminado por aplastar la vida auténtica de una comunidad de aprendizaje. O allí donde el culto a la tecnología hace creer a los políticos que basta una computadora por niño o un televisor por aula o un nuevo currículum para sustituir el vínculo con el profesor. Cuando yo estudié educación en unas casetas aquí cerca estaba de moda un horrendo concepto que se llamaba Tecnología Educativa. Esta idea es el fin de la educación porque retoma ese espíritu de la modernidad que cree que el método, algo exterior al alma del alumno, producirá, por mero procedimiento, la formación buscada. No es verdad.
De lo que no se habla en las facultades de educación es de ese eros pedagógico que es fuente de la vocación. Sin ese eros todo es medianía, aburrimiento, aprendizajes sin significado, incluso frustración y hasta odio mutuo entre maestros y alumnos. Hay que aclarar por cierto, y mucho más en nuestro país, que ese eros no es el apetito sexual sino su transformación, su sublimación, su transubstación, en alma. Porque el maestro lucha por estar más allá de esa corporalidad que puede pervertir su profesión. Steiner dice que el maestro mira atrás y ve la sombra de un eunuco. Y a propósito de esto, voy a terminar con una cita de un gran maestro contemporáneo, Frank McCourt. En su libro El Profesor cuenta que cuando era maestro en una escuela pública en nueva York el director lo llamó a la oficina y le preguntó:
-¿Y, señor Mac Court, ya fue padre?
- No todavía no, respondió.
_ ¿Y que quiere, un varón o una niña? Le preguntó el director.
-Ay, me da lo mismo- le respondió.
-Bueno, dijo el director, mientras no sea asexuado…
Bueno, dijo Mc Court, si lo es, lo criaré para director de colegio.
EL CUIDADO DEL ALMA
No tengo, la verdad, una idea muy clara de qué sea el alma. Por alguna razón es una palabra que tiene un sonido y quizá un significado más hermoso que mente o que psiquis o que corteza cerebral y me parece más cercana, más propia, más encarnada, que la palabra espíritu. Alma es una voz que yo escuchaba con frecuencia cuando era niño. Por lo menos en mi infancia era una palabra que estaba allí y en contextos menos académicos que este. Mi profesor de tercer grado, por ejemplo, el gordo Cárcamo me advertía a menudo mostrándome el filo de su larga regla: Carvallo, cállese o le voy a sacar el alma. De modo que el alma era algo que si bien uno tenía no era una posesión segura y uno podía perderla en cualquier momento. Y no sólo a punta de reglazos del finado Cárcamo, o de puñetes con los compañeros; también estaba el demonio tratando de negociar algo a cambio de nuestra alma. O esperando simplemente nuestra muerte tras una vida pecadora para llevarse al horno esta materia extraña que llevábamos dentro. La noción de pecado del alma tenía un oscuro sentido sexual. Mi madre, en esos inicios de los años 60 en que las mujeres no usaban pantalones, corregía a mi hermana sobre modo correcto de cruzar las piernas porque cuando lo hacía, como a Sharon Stone, se le veía el alma. Era por supuesto un símbolo que representaba ese algo profundamente íntimo y oculto que nos habitaba.
El alma no era el yo. Era uno posesión del yo. Uno decía mi alma, alma mía, y le pedía al ángel de la guarda que la cuidase porque si bien estaba allí dentro, no era muy claro en qué lugar se hallaba.
Es curioso que esta misma distancia entre el yo y el alma se mantenga en ciertos modos de referirse a ella en segunda persona. Por ejemplo en Las Confesiones de San Agustín el alma es algo distinto al yo del que escribe. De hecho parece ser otra persona, un interlocutor. Así, por ejemplo escribe: “prosigue, alma mía, y presta mucha atención”. Y también: “¡En ti, alma mía, mido yo el tiempo!”. Y pregunta con perplejidad: “¿Pero cuál es la parte de sí que no contiene a sí misma?” Lo mismo ocurre en San Juan de la Cruz o en Edith Stein. Y también en ese Bolero que por aquellos años escuchaba por la radio cantar a Libertad Lamarque y que se titulaba precisamente Alma Mía y que decía así:
Alma mía
Sola, siempre sola,
Sin que nadie comprenda
Tu sufrimiento.
Tu horrible padecer.
En la hermosa novela de Paul Auster La invención de la Soledad el personaje, que es él mismo, no logra entrar en una sincera investigación de sí mismo y de las relaciones con su padre. Y el propio escritor cuenta que sólo pudo escribirla cuando encontró la expresión de Rimbaud: Yo es otro. Está en una carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard, fechada el 13 mayo 1871 y dice textualmente: “Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro”.Esta misma expresión la ha tomado hace poco Bob Dylan en su libro titulado Crónicas, allí dice: “Por si esto no bastara Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Yo es otro. Al leerla sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojala alguien me lo hubiera mencionado antes”.
Ese otro que está en mí, que soy y no soy yo, que lo vivo y que me vive, es lo que quiero llamar ahora el alma.
En cierta manera, al ser un otro, mi alma puede serme algo lejano, desconocido, desconcertante. En el mandato socrático “conócete a ti mismo” se encuentra ya esta distinción extraña entre lo que uno es y lo que desconoce que en verdad es. Como si una duplicidad algo esquizofrénica fuera la característica de la naturaleza humana. ¿Cómo puedo desconocer lo que soy? ¿Cómo es posible que ignore mi propio ser con el que convivo sin tregua día a día? Y, extrañamente, mi alma, lo que no conozco tiene mayor autenticidad, es más real y se aproxima mejor a lo que soy que todo aquello que yo pienso de mi mismo.
Incluso puede decirse que, como en el caso de san Agustín, la confusión respecto a quien soy y a cuáles son mis motivos para actuar, puede dominarme de tal modo que yo sea, lejos de mi alma, un extraño para mí propio ser. Enajenado es el término apropiado. ¿Es posible que, sin saberlo sea ajeno de mí mismo? Que mientras hablo, río y me afano no sea yo mismo y que una parte de mí permanezca oculta tras la máscara de mi persona, y que esto que no logro encarnar sea la parte más esencial, más autentica, mi alma. Eso dicen los versos de Thomas Browne: “Vive un hombre en mi interior que es contrario a mi vivir”. Y también esos versos de Octavio Paz:
“De una máscara a otra
Hay siempre un Yo penúltimo que pide.
Y me hundo en mí mismo y no me toco”.
El mismo Auster sostiene que: "La cuestión es quién es quién y si somos o no quienes creemos ser. La experiencia de mis personajes es un proceso de despojamiento, hasta llegar a una desnudez en donde tenemos que enfrentarnos con lo que somos. O con lo que no somos, que en definitiva viene a ser la misma cosa."
La pregunta es cómo se forma eso que yo soy auténticamente, si acaso eso existe. Es decir, mi alma, si esto denomina mi ser más íntimo, ¿nació conmigo o es el resultado de las interacciones y los vínculos con el mundo?
Hoy la psicología retoma el concepto abandonado de carácter o temperamento. Es evidente que nacemos con disposiciones, con modos característicos de reaccionar ante los estímulos exteriores. El miedo, por ejemplo, o la disposición a temer no es igual en todos los niños. Ni la tendencia a irritarse o a desconfiar o a deprimirse o a estar alegre sin razón. Ni la energía para atender o para distraerse es la misma en cada niño. Y así, muchas otras disposiciones que en cierta medida explican la conducta sin que el propio sujeto lo sepa. Quizá, como sostienen algunos psicólogos contemporáneos exista un “índice fisiológico de activación”, es decir un modo genético de ser, de padecer, de entusiasmarse que entra en relación con los vínculos sociales para constituir muy tempranamente el alma. Algunos sostienen que el temperamento está ya constituido en el momento en el que se adquiere la locomoción bípeda. Pero ya el educador romano Marco Flavio Quntiliano , en el primer siglo de la era cristiana, escribía así: “Tras estas consideraciones, el maestro descubrirá de qué modo debe ser tratado el alma del alumno. Existen algunos niños que se descuidan si no se insiste en su educación de manera incesante. Otros se indignan con las órdenes; el miedo detiene a algunos y enerva a otros; algunos sólo alcanzan el éxito gracias a un trabajo continuo; y en otros la violencia provoca resultados...” Es decir, hay en los niños un alma diferente, una sensibilidad distinta que hay que atender.
De algún modo este es un tema fundamental de la educación: cómo influenciamos, cuánto ayudamos a que cada quien se encuentre con lo que en verdad es o por lo menos inicie la ruta de alcanzarse a sí mismo y no entre en desvíos y oscuridades que pueden mantenerlo mucho tiempo alejado de sí mismo. Parece un poco extraño, es una perplejidad, pero cualquier maestro enfrenta alumnos que creen ser lo que no son, para bien y para mal. Y niños que han sido separados de sí mismos por malos vínculos, por mensajes distorsionados de lo que deberían de ser. Niños maltratados por ejemplo que aceptan una culpa ajena, que piensan mal de sí mismos, que desconfían de su propio ser. O niños presumidos, seguros de ser dueños de lo que no les pertenece o convencidos de tener un atractivo que sólo ellos pueden ver. O esforzados en parecerse a los demás, buscando la normalidad, la obediencia que la autoridad impone como si la felicidad fuera poseer el alma en serie. Ayer nada más, he estado una hora intentando mostrar a un muchacho de 17 años la ira que domina su conducta. Y no la ve. La observan todos y conflicto tras conflicto él parece siempre estar seguro de ser la víctima y justificar así su reacción violenta. Mientras hablo con él, mientras me estrello con la coraza que lo protege de sí mismo me pregunto por el cuidado del alma y por lo que tendría que decir hoy día aquí. ¿Cómo llego a iluminar para él esa zona de sí mismo que pese a que es negada controla y domina sus actos? Y pienso también en una niña ciega que tengo en primero de secundaria. Una niña linda que perdió la vista a los 8 años y las monjas con una extraña piedad le pidieron a sus padres que se la retiraran de su colegio con nombre de santa, de modo que perdió no sólo la vista sino el medio en el que había crecido, las voces conocidas, las amigas. Y ahora no acepta la ceguera y su alma ha retrocedido hasta una región inalcanzable para mis palabras y para mi afecto. Y como no acepta la ceguera tampoco aprende a moverse como tal y se ha vuelto torpe y ya no escucha y habla mal porque ha amurallado su alma contra un dolor que no puede soltar. Y ahora convulsiona dos veces por semana y me pregunto cómo puede uno negarse ante la evidencia de lo que somos y cómo puede otro, que está fuera, saber de nuestra alma mejor que nosotros mismos. Porque si bien el ser humano sabe bien mentir la persona más fácil de ser engañada reside en nosotros mismos. Cuidar el alma significaría facilitar el encuentro de todas esas vidas múltiples que somos y darle así una unidad y un sentido a la propia existencia. Este sentido es la fuerza que nos impulsa a coger la vida y atrevernos a conquistar nuestras esperanzas.
Pero el problema que impide a la escuela cuidar el alma no está en sus intenciones sino en su naturaleza. Porque desde su nacimiento en la edad moderna su finalidad es negar la radical desigualdad de los seres humanos. La igualdad como aspiración de la ilustración se consolida en una institución que supone que el método único puede aplicarse a todos porque todos somos idénticos. Jan Comenius, el padre de las instituciones escolares modernas, escribió en el siglo XVI su libro Didáctica magna al que subtituló Cómo enseñar todos a todos. Comenius titula uno de sus apartados: “No instruir a nadie separadamente, sino a todos en conjunto”. Y agrega: “Nunca se instruye a uno solo, ni privadamente fuera de la escuela, ni públicamente en ella, sino a todos al mismo tiempo y de una sola vez.” Esta educación que agrupa a todos por edades y los mete en aulas para desarrollar programas idénticos parte del supuesto de la igualdad. El año pasado uno de los libros más leídos en Francia fue de un escritor muy premiado Daniel Pennac, el libro se titula Tristeza de la Escuela y allí relata el modo como la escuela lo hizo sentir incluso muchos años después de haberla abandonado que era bruto y que no tenía talento para nada. Porque esta falta de vínculo personal, esta imposición de unas exigencias ciegas y esta, incluso, falta de sentimientos y de vínculos reales puede destruir el alma de muchos niños y niñas. Por eso Sartre en el que me parece su mejor libro, Las Palabras, se complace de su educación sin padres, sin autoridades que lo empequeñecieran y restringieran su libertad. Está también el verso de Octavio Paz:
Mi infancia…
Agua clara, espejo para el árbol y la nube
Que tantas virtuosas almas enturbiaron.
Por lo menos no habría que enturbiar el alma del alumno de modo que no retardemos el encuentro consigo mismo y ese autoconocerse que lo acerca a su alma. Cuando empecé a enseñar lo hice en esta universidad, en EEGG Ciencias y allí era jefe de práctica de un profesor que tenía gran prestigio por una curiosa razón: jalaba a todo el mundo. Los ingenieros, que habían despreciado a los profesores de filosofía y al propio curso, estaban encantados y lo admiraban mucho porque mostraba exigencia y su tema, como el análisis matemático, se había convertido en algo muy difícil, sólo para pocos. Tengo un amigo que se acerca a los 60 años y que sufrió profundamente un 01 que le puso en un examen. Pero lo que le dolió y perturbó no fue tanto la nota sino unas palabras que este profesor puso junto al cero uno, las recuerdo con precisión, decía. “Su respuesta no responde, su comentario no comenta, su explicación no explica. Ha sido difícil encontrar una excusa para ponerle un punto”. Cuanto daño puede hacer un mal maestro, cuanto puede alejar al alumno de sí mismo, de su confianza, incluso, de sus ganas de vivir. Que se aprecie nuestra alma, que se reconozca nuestro valor resulta fundamental, Pascal escribe que
“Tan alta idea tenemos del alma del hombre que no podemos sufrir un menosprecio de ella, ni el que nos falte la estima de otra alma. Toda la felicidad de los hombres consiste en esta estima”.
El problema actual de la educación, de la escuela, es reconocer y atender a la diversidad. Vincularse con esta alma que no es plural y que demanda un vínculo que pueda entregarle la motivación que le hace falta. Porque se trata de facilitar ese conócete a ti mismo o este acércate a tu alma, dialoga con ella, conócela, que puede hacer que el alumno no sólo adquiera destrezas o competencias sino que verdaderamente quiera saber, que sea tocado en su libertad, en su deseo, en su autonomía. Porque, como reza el dicho, “se puede llevar al caballo al pozo pero no se le puede hacerlo beber”. Hace falta la sed que debe tener el alumno y que el maestro puede quizá despertar. Si lo hace no hará falta nada más porque como titulaba Gadamer su última conferencia, Educar es Educarse y sentida la ambición intelectual, motivado el interés, la acción le corresponde ya a la actividad viva del alumno. La educación tendría que alcanzar ese núcleo del otro en el que habita su verdadero ser. John Stuart Mill, en una carta al reverendo Stephen Hawtry escribió que “La educación verdadera depende del contacto del alma humana viviente con el alma humana viviente”. Y Bertrand Russell, criticando la educación masiva escribe que “en las relaciones humanas se debe penetrar hasta el meollo de la soledad en cada persona, y hablarle a eso”.
¿Es posible llegar al alma de otro, a lo que Russell llama meollo, cuando el maestro, el educador, no conoce siquiera el alma propia? ¿Es que hay una diferencia fundamental entre maestro y alumno por la cual uno tiene ya el conocimiento y el otro lo recibe? Esto parece creer Platón porque el que regresa a la caverna es el educador comprometido con iluminar a estos prisioneros de su propia penumbra. Joseph Moreau, en su libro Platón y la Educación escribe : “Esta educación, que supone en el maestro el conocimiento del Bien, al cual no ha llegado aún el discípulo, deja indudablemente a éste en una condición subordinada, de heteronimia. Este conocimiento, aunque sea perfectamente objetivo sólo se obtiene, como sabemos, en la interioridad del individuo, conocer el Bien es, para el ser pensante, tener conciencia de su querer esencial.”
¿Es así? No lo creo y es posible que el maestro parta de su propia ignorancia. Lo que la persona que educa tiene, o debiera tener, es eso que adecuadamente llamaba Platón, el eros. Es decir una actitud amorosa hacia el alma del otro. Lacan, al que seguramente malinterpreto pero su expresión me es útil, decía que el amor es "dar lo que no se tiene a alguien que no es". Un ejemplo es el cura de la novela de Bernanos llevada magníficamente al cine por Bresson. El ayuda a la condesa y no sabe cómo puede iluminar para otro el sentido de una existencia cuando no es capaz casi de mantener la fe y la confianza en si mismo. Como muchos psicoanalistas que conocen mejor el alma ajena que la suya propia.
El maestro no posee, respecto a lo fundamental, un mayor conocimiento que el alumno. Lo que el maestro tiene es respeto ante la realidad única e irrepetible del otro. Escucha su clamor e intenta alcanzar la autenticidad del otro. Una autenticidad que el otro puede desconocer porque a menudo es quien nos mira con este eros pedagógico quien puede ver en nuestro interior aquello que reconocemos. Es esa mirada de otro la que nos impulsa a conocernos. Como en ese poema de Pedro Salinas:
Perdóname por ir así buscándote
Tan torpemente, dentro
De ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
De ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
Nadador por tu fondo, preciosísimo.
Esta disposición de atención y escucha al otro es el cuidado. Y es un trabajo exigente porque supone estar permanentemente abierto a las demandas del otro. Más sencillo es caer en la mirada que iguala, que no distingue y ver a los niños y a los jóvenes como elementos indiferenciados del conjunto alumnos. Y evitar ese vínculo humano en el que el otro va a hablar por cuenta propia. Cuidar el alma es atender al otro en su distinción y Bernard Curtis sostiene que “si utilizamos la palabra alma para evocar esta idea de la persona como un centro de cuidado, aquí se aceptará que la buena enseñanza de un niño depende de hacer contacto con su alma y, más aún, hacer contacto con amor”. Eso escribe Auster: "A veces conseguimos asomarnos al misterio del otro, penetrar en él, pero es muy poco frecuente. Es el amor, principalmente, el que permite esos encuentros"
Resulta complicado en un mundo como el nuestro que sea posible un contacto entre almas cuando la diferencia de edades sitúa al maestro casi en un mundo y un lenguaje diferentes. ¿Cómo puede un maestro de 55 años cuidar y comprender a un muchacho de 14? ¿Y de qué modo puede éste atender y confiar en las palabras de lo llama un viejo? Ocurre sin embargo que el tiempo lineal del cuerpo no es el tiempo acumulado del alma. Y es posible que en ese viejo exista todavía el niño y el adolescente que ha sido y que la memoria continúa haciendo vigente. Hay un tiempo diferente de la carne y el espíritu y se puede ser niño con alma vieja y mantener un alma joven pese a la catástrofe del cuerpo. Esta diferencia en el modo de vivir el tiempo permite que el maestro consiga sentir lo que siente el niño o el joven mediante ese intercambio de vidas que constituye la empatía. Este es quizá es el saber que el maestro tiene: su propia vida, su experiencia y una actitud esforzada de no permitir el olvido. Porque cuando se olvida lo que es ser niño o joven la educación se hace anquilosada, uniforme, tediosa. Y se cae en un mundo de incomprensión o de angustia ante la vida inmadura. El maestro tiene la difícil misión de atender el alma infantil sin pueril izarse, de dialogar con los jóvenes sin creerse uno de ellos. Y el instrumento es la memoria, esta facultad que alguien ha definido como “el espacio donde una cosa ocurre por segunda vez”.
Quiero terminar con otra idea del alma, vinculada a lo que he venido diciendo de manera confusa. Es el uso de la palabra alma para significar su propia raíz: ánimo, es decir, entusiasmo, brío, incluso, alegría. La depresión es un desánimo y decimos de quien no muestra coraje, vigor interior, que le falta alma. Como la selección peruana de fútbol, un equipo sin alma. Esta idea del alma como la fuerza que desde dentro inflama al cuerpo y lo impulsa a vivir interesado, apasionado es también una tarea fundamental de la educación. Lo señala el propio Papa en su carta a monseñor Jean-Pierre Ricard, Arzobispo de Burdeos, con ocasión de cumplirse los 100 años de la separación entre Estado e Iglesia en Francia: "Podemos pensar, con razón, dice, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar". No tengo dudas sobre la labor fundamental de transmisión de la cultura que está en manos de los maestros. De modo que hay cursos y temas y competencias que los alumnos deben aprender. Sin duda. Pero también es tarea del maestro alentar estas razones para vivir y para esperar, para creer en el futuro y para ser siempre jóvenes. Esto obliga al maestro a un trabajo esforzado que es el cuidado del alma de sus alumnos y ello necesita tiempo y serenidad. Un tiempo y una serenidad que no puede tener el maestro mal pagado que debe correr de un lado a otro para cumplir primero con su hogar. Y tampoco puede haber ese tiempo donde se concibe a la institución como una fábrica masiva de certificaciones y la despersonalización y la burocratización han terminado por aplastar la vida auténtica de una comunidad de aprendizaje. O allí donde el culto a la tecnología hace creer a los políticos que basta una computadora por niño o un televisor por aula o un nuevo currículum para sustituir el vínculo con el profesor. Cuando yo estudié educación en unas casetas aquí cerca estaba de moda un horrendo concepto que se llamaba Tecnología Educativa. Esta idea es el fin de la educación porque retoma ese espíritu de la modernidad que cree que el método, algo exterior al alma del alumno, producirá, por mero procedimiento, la formación buscada. No es verdad.
De lo que no se habla en las facultades de educación es de ese eros pedagógico que es fuente de la vocación. Sin ese eros todo es medianía, aburrimiento, aprendizajes sin significado, incluso frustración y hasta odio mutuo entre maestros y alumnos. Hay que aclarar por cierto, y mucho más en nuestro país, que ese eros no es el apetito sexual sino su transformación, su sublimación, su transubstación, en alma. Porque el maestro lucha por estar más allá de esa corporalidad que puede pervertir su profesión. Steiner dice que el maestro mira atrás y ve la sombra de un eunuco. Y a propósito de esto, voy a terminar con una cita de un gran maestro contemporáneo, Frank McCourt. En su libro El Profesor cuenta que cuando era maestro en una escuela pública en nueva York el director lo llamó a la oficina y le preguntó:
-¿Y, señor Mac Court, ya fue padre?
- No todavía no, respondió.
_ ¿Y que quiere, un varón o una niña? Le preguntó el director.
-Ay, me da lo mismo- le respondió.
-Bueno, dijo el director, mientras no sea asexuado…
Bueno, dijo Mc Court, si lo es, lo criaré para director de colegio.
¿Qué emoción suscita en ti la lectura del poema?
Somos nuestro leguaje
Hace ya casi dos años, cuando empecé a trabajar en la Un iversidad Científica del Sur, me asignaron, entre otras, la cátedra de la asignatura denominada "Lengua y Comunicaciones".
Durante mi experiencia como maestra en "Los reyes rojos" , enseñé en varias oportunidades este "curso". Ahora, con un auditorio distinto, el reto seguía siendo el mismo: hacer notar a los jóvenes, otrora niños, que la Lengua no es una asignatura , escolar o universitaria, con las labores, pesadas , absurdas o ininteligibles, que una materia supone. Muy lejos de eso, es la herramienta fundamental con que los seres humanos nos comunicamos; con nuestro yo interno, íntimo, único e irrepetible, en primer lugar; y, con "el otro", ese que como yo a él, me necesita para convertirse en humano.
Luis Jaime Cisneros afirma que antes de la palabra, el mundo aparece indiferenciado. El "verbo" nombra, define, delimita. El mundo está allí, independientemente de nuestra voluntad; nos apoderamos de él cuando lo nombramos. Pienso ahora en las reflexiones que hacía mi profesor de Etnohistoria andina, el historiador Franklin Pease G.: los cronistas españoles encontraron un mundo a tal punto nuevo y desconocido, que llamaron a las cosas de acuerdo a su cosmovisión, asignando vocablos de la lengua de Castilla, a realidades que no se condecían con las del Viejo Mundo. Así, falsearon la historia; tendieron un manto de bruma sobre nuestro ser nacional.
El hombre (la mujer) no puede hablar de lo que no conoce; solo en la experiencia encuentra la necesidad de abstraer: surge el concepto, la idea. Cuanto más amplio, abierto, diverso, sea nuestro contacto con el mundo, mejor hablaremos; nuestro discurso reflejará de forma más certera aquello que percibimos a través de nuestros sentidos, de nuestra inteligencia, de nuestra emoción.
Durante mi experiencia como maestra en "Los reyes rojos" , enseñé en varias oportunidades este "curso". Ahora, con un auditorio distinto, el reto seguía siendo el mismo: hacer notar a los jóvenes, otrora niños, que la Lengua no es una asignatura , escolar o universitaria, con las labores, pesadas , absurdas o ininteligibles, que una materia supone. Muy lejos de eso, es la herramienta fundamental con que los seres humanos nos comunicamos; con nuestro yo interno, íntimo, único e irrepetible, en primer lugar; y, con "el otro", ese que como yo a él, me necesita para convertirse en humano.
Luis Jaime Cisneros afirma que antes de la palabra, el mundo aparece indiferenciado. El "verbo" nombra, define, delimita. El mundo está allí, independientemente de nuestra voluntad; nos apoderamos de él cuando lo nombramos. Pienso ahora en las reflexiones que hacía mi profesor de Etnohistoria andina, el historiador Franklin Pease G.: los cronistas españoles encontraron un mundo a tal punto nuevo y desconocido, que llamaron a las cosas de acuerdo a su cosmovisión, asignando vocablos de la lengua de Castilla, a realidades que no se condecían con las del Viejo Mundo. Así, falsearon la historia; tendieron un manto de bruma sobre nuestro ser nacional.
El hombre (la mujer) no puede hablar de lo que no conoce; solo en la experiencia encuentra la necesidad de abstraer: surge el concepto, la idea. Cuanto más amplio, abierto, diverso, sea nuestro contacto con el mundo, mejor hablaremos; nuestro discurso reflejará de forma más certera aquello que percibimos a través de nuestros sentidos, de nuestra inteligencia, de nuestra emoción.
miércoles, 14 de enero de 2009
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